Migrar es superar: la lucha de la Selección Nacional Femenina de Venezuela

Por Mark Biram.

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Según Alejandro Domínguez, presidente de la CONMEBOL, ‘el fútbol femenino no tiene techo’. Hasta un punto tiene razón. El crecimiento vertiginoso del deporte ha visto niveles cada vez más impresionantes de interés en los partidos, en particular una asistencia de 91,553 fanáticos al clásico de semifinales de la Liga de Campeones Femenina entre Barcelona y Real Madrid. Este aumento notorio en la cobertura televisiva, el patrocinio y la inversión de los principales clubes ha significado, a nivel global, más oportunidades que nunca para las jugadoras. Desafortunadamente, este crecimiento ha sido profundamente desigual y ha provocado una versión exacerbada de los patrones de migración familiares en el fútbol masculino. En el caso de Venezuela – como muestra el excelente documental Nos llaman guerreras – las oportunidades pagadas para las mujeres futbolistas se encuentran casi en su totalidad fuera de las fronteras de su país. El éxito obliga migración, particularmente con una federación nacional que ha prestado muy poca atención al potencial enorme de su equipo femenino.

La práctica de organizar dos partidos en el mismo lugar dentro de dos o tres días es bastante común en el fútbol femenino. Esencialmente, permite que las federaciones nacionales limiten los costos de alojamiento y viaje de una manera que nunca harían de igual manera con el equipo masculino. Es más, en los casos de Colombia y Venezuela, jugar partidos amistosos, por si, se ha convertido en un evento cada vez menos frecuente. Las mujeres venezolanas han jugado solo seis partidos amistosos en comparación con los 38 partidos amistosos y competitivos de los hombres desde los Juegos Centroamericanos en julio de 2018. De manera parecida, la federación colombiana esperó 15 meses sin organizar un solo partido amistoso entre un amistoso de doble jornadas en Buenos Aires contra Argentina (9 y 12 de noviembre de 2019) y el próximo en Orlando contra Estados Unidos (18 y 22 de enero de 2021).

Deyna Castellanos (centro) de Venezuela jugando por Atlético de Madrid, febrero 2022 (imagen: Wikimedia Commons)

Los días 9 y 12 de abril de 2022, la selección femenina de Venezuela viajó para jugar con Colombia en dos partidos amistosos internacionales (inexplicablemente solo uno de estos partidos fue abierto al público) en el Estadio Pascual Guerrero de Cali. Los partidos tenían como objetivo proporcionar un calentamiento para la próxima Copa América Femenina que será organizada por Colombia en julio de 2022. Ambos juegos terminaron en empate, 2-2 y 0-0 respectivamente. En el primer partido, todos los goles provinieron de las compañeras de club: Deyna Castellanos de Venezuela y Leicy Santos de Colombia, quienes ejercen su oficio juntas en el Atlético de Madrid en España.

Por más de un motivo, las goleadoras fueron sintomáticas de los flujos migratorios que actualmente están dando forma a ambas selecciones nacionales ante la falta de un apoyo más sostenido de sus respectivas federaciones. Por ejemplo, no es coincidencia ninguna que, además de mudarse a España en busca de mejores condiciones, ambas jugadoras también pasaron una época formativa en el sistema universitario de EEUU, uno de los pocos lugares donde los jugadores pueden trabajar y estudiar, según las jugadoras. Ver los resultados de los juegos me llevó de vuelta a mi propio trabajo de campo etnográfico realizado con tres clubes en Sudamérica (dos en Brasil y uno en Colombia). En ambos países me di cuenta de una presencia considerable de jugadoras venezolanas emigradas. Siempre fueron francas sobre la falta de oportunidades y la extremadamente baja probabilidad de ganar dinero en el fútbol femenino en Venezuela.

En gran parte de América del Sur, el término profesionalización se utiliza de maneras que lo vacían de significado. Las jugadoras de la llamada superliga femenina de Venezuela son nominalmente profesionales. Sin embargo, han informado que no tienen agua corriente en las duchas y que tienen que caminar distancias considerables solo para llegar al entrenamiento sin transporte proporcionado por los clubes. Muchas veces les tocaba utilizar uniformes ya usados por los hombres, y también tocaba entrenar en canchas en pésimo estado. Durante el primer año de COVID no hubo competencia femenina en absoluto. Solo en septiembre de 2021 finalmente se armó un torneo de transición extremadamente corto con solo cuatro equipos. El programa FIFA Forward afirmó que ‘nació un sueño’ después de que el torneo de diez días terminara con juegos a las 7:30 am casi sin audiencia.

Más allá de los problemas logísticos, en octubre del año pasado, más de 20 jugadoras venezolanas escribieron una carta que revelaba años de abuso y acoso sexual por parte del ex seleccionador nacional Kenneth Zseremeta. Esto ocurrió poco más de un año después de que el ex entrenador de Colombia, Didier Luna, fuera sentenciado a 28 meses de prisión luego de una serie de acusaciones de acoso sexual. En ese caso la sentencia se redujo a una multa después de que su equipo legal llegara a un acuerdo con la Fiscalía.

A la luz de políticas institucionales raídas o inexistentes, los flujos migratorios que existen son aún más notables. Los jugadores masculinos a menudo migran a Europa después de una amplia oportunidad de colocarse en el escaparate durante la temporada nacional. A pesar de la exposición relativamente inexistente, las jugadoras de Venezuela y Colombia han emulado a sus colegas masculinos y han hecho carreras de éxito considerable en el extranjero.

En la escuadra colombiana 12 de los 23 juegan su fútbol en el exterior (siete en España, tres en Brasil, uno en Israel y uno en México). Un caso mucho más radical es el de Venezuela. Ninguna de las 20 mujeres convocadas para los dos amistosos juega en un club en su país de origen. De los venezolanos, nueve juegan en España, cuatro en Colombia, cuatro en Brasil, uno en Chile, uno en Portugal.  Hasta hubo una que fichó recientemente con el CSKA Moscú, a pesar de los acontecimientos recientes. Por razones lingüísticas y culturales, España es el destino elegido (9 venezolanos y 7 colombianos juegan en clubes españoles). Esto, en teoría, suena como un conjunto ideal de circunstancias, pero desmiente la precariedad que caracteriza sus vivencias. Muchas de las jugadoras tienen contratos cortos y lo más probable es que jueguen en dos o tres clubes más antes de que termine el año calendario. Esto implica, por supuesto, mudarse a una nueva ciudad o incluso a otro país varias veces, y volver a instalarse en un nuevo alojamiento y acostumbrarse a nuevas colegas en cada lugar.

A partir de abril de 2022, las mujeres de Venezuela ocupan el puesto 53 en la Clasificación Mundial Femenina de la FIFA detrás de varios países sin antecedentes de exportación de jugadoras, como Myanmar, Uzbekistán y Papua Nueva Guinea. Esto se debe a que los puntos de clasificación solo se acumulan cuando una selección nacional juega en un partido amistoso o en un torneo reconocido por la FIFA. ¿Con esto en mente, cabe preguntarse dónde podría estar un país con una tasa de producción tan prolífica de jugadores de alto nivel con una federación y una liga nacional dispuesta a apoyarlos? Dado el nivel de potencial que han mostrado los jugadores al ganarse oportunidades en ligas más prestigiosas, tal vez sea razonable creer, bien como decía Alejandro Dominguez, que sí, el cielo es el límite. Sin embargo, se debe reconocer que hasta ahora, las instituciones nacionales y continentales no representan una ayuda sino un techo de cristal de género que frustra su progreso a cada paso.

Mark Biram es Profesor Asociado en el Departamento de Estudios Hispánicos, Portugueses y Latinoamericanos de la Universidad de Bristol, donde realizó su doctorado. Su investigación doctoral puso en primer plano las experiencias y perspectivas cotidianas de las mujeres futbolistas en Brasil y Colombia en tres escenarios distintos.

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